Bosque y cultivo

Bonos y créditos de carbono: qué hay que medir antes de certificar

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M.Sc. Héctor A. Fdez Hdez
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Laderas cubiertas de bosque tropical vistas desde un mirador.

Antes de plantear un proyecto de créditos de carbono conviene saber qué se va a medir, con qué precisión y quién pone esa precisión. La respuesta sorprende a casi todo el mundo: el satélite no es el que limita la exactitud, la limita el muestreo de campo.

Este artículo recorre lo que hay que tener antes de hablar con una certificadora.

Qué depósitos de carbono cuentan

Un bosque almacena carbono en cinco compartimentos, y no todos se miden igual. La clasificación es la de las guías del IPCC, y todas las metodologías de certificación la heredan [1].

Biomasa aérea. Troncos, ramas y hojas. Es el único que se observa desde satélite y el que domina la cifra en sistemas arbolados.

Biomasa subterránea. Raíces. Se estima con una proporción respecto a la aérea, no se mide.

Madera muerta y hojarasca. Se miden en parcela, con protocolos propios.

Carbono del suelo. El depósito más grande en muchos sistemas y el más caro de medir, porque exige muestreo destructivo y análisis de laboratorio.

La mayoría de las metodologías permite excluir depósitos si la exclusión es conservadora, es decir, si dejarlos fuera reduce los créditos en lugar de aumentarlos. Por eso muchos proyectos se limitan a biomasa aérea: es lo medible con un coste razonable.

Hay una decisión previa a todas estas: qué se considera bosque. El umbral de superficie, de cobertura de copas y de altura cambia según la definición que se adopte, y con él cambia qué superficie entra en el proyecto [2]. Fijarlo al principio y por escrito evita rehacer el inventario más adelante.

De dónde sale realmente la incertidumbre

Esta es la parte que decide la viabilidad económica de un proyecto, y casi nunca se plantea a tiempo.

En nuestro inventario de carbono de un cafetal medimos nueve parcelas de campo sobre un sistema de café bajo sombra. Los valores fueron de 8,2 a 91,5 t C/ha: un factor once entre la parcela más pobre y la más rica, con un coeficiente de variación del 56 %.

La media resultante fue 42,6 t C/ha, con un intervalo al 95 % de 24,3 a 61,0. Ese ±47 % se arrastra intacto hasta la cifra final del inventario.

Desviación de cada fuente satelital frente al inventario de campoFuente más baja: −13,1 % % de desviación · SubestimaFuente más bajaSubestima−13,1 %Promedio de cuatro fuentes: +4,6 % % de desviación · Lo que se trasladaPromedio de cuatro fuentesLo que se traslada+4,6 %Fuente más alta: +21,4 % % de desviación · SobrestimaFuente más altaSobrestima+21,4 %Intervalo del campo: ±47 % % de desviación · Lo que mandaIntervalo del campoLo que manda±47 %Caso de estudio de GeoAltia. Las cuatro fuentes caen dentro del intervalo de confianza del muestreo de campo.

El mensaje es claro: las cuatro fuentes satelitales se desviaron entre −13 % y +21 % del valor medido, mucho menos que la dispersión del propio muestreo. Ninguna cifra derivada puede ser más precisa que su referencia. Si se quiere reducir la incertidumbre, se reduce midiendo más parcelas, no comprando mejor imagen.

Qué explica esa dispersión

En el cafetal, el carbono de cada parcela seguía al área basal del arbolado de sombra con una correlación de 0,86. La sombra aportaba el 99 % del carbono aéreo y el café el 1 %.

Una parcela con un árbol de sombra y 124 cafetos almacenaba 8 t C/ha; otra con trece árboles y 135 cafetos, 92. El cultivo apenas cuenta; lo que cuenta es el arbolado que lo cubre.

Saber esto antes de diseñar el muestreo cambia el diseño: hay que estratificar por densidad de arbolado, no por superficie de cultivo. Cómo se hace está en medir biomasa y carbono forestal.

Por qué las series satelitales no miden el cambio

Es el error más caro de todos, porque parece que funciona.

Varios productos globales de biomasa entregan una serie anual, y la tentación es leer en ella la acumulación de carbono del proyecto. Sobre la misma superficie de nuestro cafetal y en el mismo periodo, tres productos dieron +2,70, −0,27 y −0,04 t C/ha al año: tres signos distintos para el mismo bosque.

La discrepancia entre ellos es mayor que el cambio que se busca medir. Por eso el incremento se calculó con una tasa publicada para sistemas agroforestales de café mexicanos maduros —0,61 a 0,89 t C/ha al año— y se dijo explícitamente que es una tasa de referencia, no una medición.

Conviene entender por qué falla. Estos productos se construyen para dar una cifra razonable a escala de paisaje, no para detectar un cambio de dos toneladas por hectárea en un polígono de treinta. Su error sobre una superficie pequeña es del mismo orden que la señal buscada, así que la diferencia entre dos años es ruido con signo.

Un proyecto de créditos necesita medir la captura en el propio predio, y eso exige campo repetido en el tiempo. Cómo se organiza ese ciclo está en MRV de un proyecto de carbono.

Las fuentes satelitales no son independientes entre sí

Un detalle que conviene tener presente cuando alguien presenta “cuatro fuentes que coinciden”.

Los productos globales de biomasa comparten calibración: varios entrenan su modelo sobre los mismos datos de LiDAR espacial [4], y otros ajustan sus alometrías contra esas mismas referencias [5]. Que coincidan entre sí dice menos de lo que parece.

Por eso conviene cerrar el contraste con un sensor ajeno a esa cadena. En el cafetal usamos radar de banda L, sensible a la biomasa leñosa, y confirmó el mismo orden de densidades que las estimaciones ópticas.

Y hay huecos: sobre 63 de las 93 hectáreas del predio, solo dos de las cuatro fuentes tenían cobertura. Comprobar la cobertura real antes de prometer nada es parte del trabajo previo.

Qué hay que tener antes de hablar con una certificadora

Los límites del proyecto, en geometría, no en descripción. Sin polígonos validados no hay línea base posible.

Un inventario de campo, aunque sea parcial, con la fecha y el protocolo usados.

La estratificación, es decir, en qué zonas homogéneas se divide el área y por qué.

La línea base, que es lo que habría pasado sin el proyecto y suele ser lo que más discusión genera.

El plan de medición repetida, con qué se mide, cada cuánto y quién.

Qué pide cada esquema concretamente está en Verra VM0047 y Plan Vivo PM002; las metodologías de forestación y restauración, por ejemplo, detallan cómo se documenta cada uno de estos puntos [3].

Qué cuesta y en qué se va el presupuesto

El reparto habitual sorprende a quien espera que el gasto esté en los datos.

El campo es la partida mayor. Cada parcela exige acceso, medición de diámetros y alturas, e identificación de especies. Es lo que fija la precisión final, así que recortarlo abarata el proyecto y encarece el resultado.

El trabajo de gabinete es moderado. Estratificar, extrapolar y contrastar con fuentes satelitales cuesta una fracción de lo anterior, y buena parte se apoya en datos públicos.

La certificación tiene su propio coste, de validación y de verificación periódica, y es recurrente durante toda la vida del proyecto.

Por eso la pregunta útil al principio no es cuánto cuesta el estudio, sino cuántos créditos plausibles hay: por debajo de cierta escala, el coste fijo de certificar se come el ingreso.

Preguntas frecuentes

¿Se puede certificar solo con datos satelitales?

No. Las metodologías exigen referencia de campo. El satélite sirve para estratificar, para extrapolar a superficies no medidas y para verificar que la cubierta sigue ahí, pero no sustituye a la parcela.

¿Cuántas parcelas de campo hacen falta?

Depende de la variabilidad del sitio. Con un coeficiente de variación del 56 %, como el del cafetal, hacen falta bastantes más de nueve para estrechar el intervalo. Estratificar bien reduce el número necesario.

¿Cuenta el carbono del suelo?

Puede contar, pero medirlo es caro y muchos proyectos lo excluyen de forma conservadora. La decisión se toma al elegir metodología, no después.

¿Vale el mismo trabajo para EUDR?

Las geometrías y las series de cubierta sí se reutilizan. Los requisitos son distintos, como se explica en diligencia debida EUDR.

La pregunta que decide un proyecto de carbono no es qué satélite usar, sino cuántas parcelas de campo se van a medir y cómo se reparten. Ese diseño previo se plantea en el servicio de créditos de carbono.


Fuentes

  1. IPCC. 2006 IPCC Guidelines for National Greenhouse Gas Inventories, Volume 4: AFOLU.
  2. FAO. Global Forest Resources Assessment: términos y definiciones.
  3. Verra. VM0047 Afforestation, Reforestation and Revegetation.
  4. NASA. GEDI: Global Ecosystem Dynamics Investigation.
  5. ESA. Climate Change Initiative: Biomass.

Imagen de portada: Sze Ning, View from Bukit Terisek (CC BY 2.0), recortada y tratada.

Autor

M.Sc. Héctor A. Fdez Hdez

Ingeniero geofísico. Maestro en Ciencias del Mar y Limnología por la UNAM.

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