
Agua
Tomografía eléctrica para buscar agua: profundidad y límites
Qué mide la tomografía eléctrica, hasta qué profundidad llega, qué resistividades indican agua y por qué no distingue litología sin un modelo conceptual.
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La pregunta llega siempre con la misma urgencia —hay que perforar— y con la misma duda: cuánto estudio previo merece la pena antes de mover la máquina.
La prospección de agua subterránea es una secuencia de filtros, no una técnica. El gabinete con imagen y topografía ordena el terreno por favorabilidad; la geofísica mira bajo las zonas elegidas y estima espesores; la piezometría y los pozos existentes aportan el nivel del agua y el comportamiento real del acuífero. Cada paso es más caro y más preciso que el anterior, y por eso el orden importa.
Este artículo es para quien tiene que dimensionar una campaña de prospección y decidir cuánto gastar en cada fase.
| Fase | Qué aporta | Qué no aporta | Coste relativo |
|---|---|---|---|
| Gabinete con imagen | Zonas favorables, contexto, lineamentos | Profundidad ni estructura | Bajo |
| Geofísica de campo | Espesores, contrastes, estructura bajo el punto | Caudal ni litología directa | Medio |
| Piezometría y pozos | Nivel real, evolución, caudales vecinos | Depende de que existan | Variable |
| Sondeo de exploración | La verdad del subsuelo | Caro e irreversible | Alto |
Antes de cualquier fase hay un paso previo que no cuesta nada y ahorra mucho: entender qué acuífero se busca. En medio sedimentario se buscan niveles permeables; en roca cristalina, el perfil de alteración, con su saprolita y su capa fisurada [2] [3]. Esa decisión cambia qué capas se miran, qué geofísica se contrata y qué profundidad se prevé.
La lógica es la de cualquier campaña bien diseñada: gastar poco donde se puede descartar mucho, y reservar lo caro para el final.
Conviene señalar también lo que no aparece en la tabla: la información existente. Registros de pozos, cartografía geológica, estudios previos de la zona y declaraciones del organismo de cuenca cuestan poco más que el tiempo de buscarlos y a menudo resuelven la mitad de las preguntas antes de empezar.
La proporción varía con el sitio, pero el orden de magnitud se repite.
El gabinete suele dejar entre una quinta y una décima parte del área como candidata seria. La geofísica reduce eso a puntos concretos, y el modelo conceptual elige entre ellos.
Esa reducción es la que justifica el gasto: cada euro del gabinete evita metros de línea geofísica innecesarios, y cada metro de geofísica bien situado evita perforar donde no toca.
Con un modelo digital del terreno como el de Copernicus [5] e imagen multiespectral —Sentinel-2 de forma sistemática y gratuita [4], o imagen comercial cuando hace falta más detalle— se construyen las capas que describen dónde se acumula e infiltra el agua, dónde hay fracturas y dónde la vegetación delata humedad en estiaje.
En nuestro índice de potencial, seis capas ponderadas dan un mapa continuo a 3 m de píxel: índice topográfico de humedad, pendiente invertida, verdor al final de la seca, densidad de drenaje, densidad de lineamentos y humedad superficial.
Dos cautelas que conviene tener presentes. La primera: las clases se reparten por cuantiles, así que el mapa dice dónde está el mejor quinto de ese terreno, no que ese quinto tenga agua. La segunda: los pesos son un juicio experto, tomado de la práctica publicada, y se declaran como tales.
No toda la geofísica sirve para lo mismo. Para agua en roca dura o en sedimentos someros, el método más usado es la tomografía eléctrica, que mide resistividad y permite reconstruir una sección del subsuelo [1].
En la ladera costera que estudiamos, dos líneas de tomografía con dos dispositivos —gradiente y dipolo-dipolo— dieron una sección con un error RMS del 10,9 %, suficiente para distinguir saprolita húmeda, capa fisurada y bloques secos del cauce.
Hace bien los contrastes: distinguir un material húmedo de uno seco, localizar el techo de la roca sana, seguir un nivel alterado a lo largo de la línea.
Hace mal la litología: dos materiales distintos pueden dar resistividades parecidas, y el mismo material cambia de resistividad si cambia el agua que contiene o su salinidad.
Y tiene un límite geométrico: la profundidad investigada depende de la longitud de la línea y del dispositivo empleado. Querer ver a 80 m con una línea corta no es cuestión de procesado, es imposible.
Por eso la interpretación siempre se apoya en el modelo conceptual y en la información de pozos, y por eso el informe declara el error de la inversión junto con la sección.
Es la información más barata y la más ignorada.
Un pozo cercano da el nivel del agua, la columna atravesada y, si hay aforo, el caudal que se obtuvo. Tres datos que valen más que cualquier modelo, porque son medidas directas del acuífero que se quiere explotar.
La piezometría, cuando existe red, añade la evolución temporal: si el nivel desciende año tras año, el problema no es encontrar agua, es la sostenibilidad de la extracción.
Conviene además cruzar con la subsidencia del terreno: en acuíferos sobreexplotados, el hundimiento medido desde satélite es una huella directa de la compactación, como explicamos en subsidencia urbana con InSAR.
Hay un caso en el que el problema deja de ser encontrar agua: cuando el acuífero ya está en descenso.
Las señales son conocidas: niveles que bajan año tras año, pozos que hay que profundizar, caudales que se reducen y, en casos avanzados, hundimiento del terreno por compactación.
En esa situación, un estudio de prospección tiene que decir algo más que dónde perforar. Tiene que decir a qué profundidad está el nivel hoy, cómo ha evolucionado y qué expectativa razonable hay para los próximos años, porque el pozo se diseña para una vida útil.
La información para eso no está en la imagen: está en los registros piezométricos, en los pozos de la zona y en las declaraciones del organismo de cuenca. Ignorarla lleva a pozos técnicamente correctos y económicamente fallidos.
La decisión combina cuatro criterios, y ninguno basta solo.
Estructura favorable. Espesor suficiente de la capa objetivo, bajo el nivel del agua.
Contraste de resistividad coherente. Menos resistivo dentro de la misma litología suele significar más agua. En nuestro caso, el sondeo principal se eligió por eso: 205 Ω·m en el tramo objetivo frente a 378 del alternativo.
Accesibilidad y logística. Un punto perfecto al que no llega la máquina no es un punto.
Restricciones legales y de distancia. Separaciones mínimas a otros aprovechamientos, límites de finca y autorizaciones.
El resultado es una propuesta con coordenada, profundidad prevista, columna esperada e intervalo a captar, más una alternativa. Y una advertencia honesta: el caudal solo se conoce con el aforo.
El reparto habitual del presupuesto sorprende a quien no ha hecho una campaña: la parte de gabinete es pequeña, la geofísica intermedia y la perforación domina el total.
Dicho con más detalle: el gabinete es la fracción menor del presupuesto y es la que más terreno descarta. La geofísica cuesta más, sobre todo por logística de campo, y su precio depende de cuántas líneas y de qué longitud. El sondeo es, con diferencia, lo más caro, y es irreversible.
Por eso la mala economía habitual es saltarse los dos primeros pasos: una perforación fallida cuesta más que todo el estudio previo, y además deja el problema sin resolver.
Un informe de prospección completo tiene cinco piezas, y todas se pueden exigir por escrito.
El mapa de potencial con sus capas y sus pesos declarados.
Las secciones geofísicas invertidas e interpretadas, con el error de la inversión.
El modelo conceptual del acuífero en ese sitio: qué capas hay, a qué profundidad y dónde está el nivel del agua.
La propuesta de sondeo, con coordenada, profundidad, columna esperada e intervalo a captar, y una alternativa.
Lo que no se sabe: incertidumbres, limitaciones del método y la advertencia explícita de que el caudal lo decide el aforo.
Con esas cinco piezas, la perforación se contrata sabiendo qué se espera encontrar y a qué profundidad, y se puede comparar lo previsto con lo realmente atravesado.
No para decidir dónde perforar. Sirve para priorizar zonas y ahorrar campañas de campo, como detallamos en cómo localizar agua subterránea.
Depende del tamaño de la parcela y de la complejidad. Con dos o tres bien situadas se resuelven muchos casos.
Se trabaja con el modelo conceptual y la geofísica, y la incertidumbre es mayor. Conviene decirlo antes de perforar.
No. Reduce el riesgo y acota profundidad y objetivo; el resultado se confirma perforando.
Se puede, pero algunos indicadores pierden valor: el verdor en estiaje, por ejemplo, solo significa algo al final de la seca. La ventana temporal se elige según el indicador.
Sí, y es uno de los usos más rentables del gabinete: comparar el potencial relativo antes de comprometer una compra o un arrendamiento.
Prospectar bien es gastar en el orden correcto: primero el mapa, después la sección, y solo al final la máquina. Ese recorrido se diseña antes de empezar, en el servicio de agua subterránea.
Fuentes
Imagen de portada: Isabella Rick, Death Valley (CC BY 3.0), recortada y tratada.
Autor
M.Sc. Héctor A. Fdez Hdez
Ingeniero geofísico. Maestro en Ciencias del Mar y Limnología por la UNAM.
Publicado el

Agua
Qué mide la tomografía eléctrica, hasta qué profundidad llega, qué resistividades indican agua y por qué no distingue litología sin un modelo conceptual.

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Qué se estudia antes de perforar un pozo: indicios en imagen, geología, geofísica y modelo conceptual. Qué reduce el riesgo de sondeo seco y qué no lo hace.

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Qué indicadores de imagen y de relieve sirven para orientar la búsqueda de agua subterránea, cómo se combinan en un índice y qué no se puede concluir de un mapa.
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